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Por Eduardo Brethauer
No me pregunten cómo, pero llegó a mis manos los resultados de un espermiograma. Con un grado de concentración de 60,5 millones por ml, un 79% se mostró vivito y coleando. A pesar de mostrar un buen nivel de motilidad, sólo un 14% de los espermatozoides vivos lucía una fisonomía normal. La mayoría de ellos presentaba defectos de cabeza. Estas malformaciones, con las cuales estos amiguitos se ganaron el mote de cabezones, lastimosamente les impiden llegar a la meta. Las exportaciones de vino chilenas, al igual que los resultados de estos anónimos exámenes, han mostrado durante los últimos años una vigorosa movilidad. Con un crecimiento de dos dígitos, y una creciente diversificación de mercados, los vinos chilenos mostraban sus poderosas cartas en el mundo entero, retando a cualquier país productor a competir en precio / calidad. Sin embargo, la realidad es cada vez más compleja y los envíos chilenos poco a poco comienzan a mostrar signos de agotamiento. Sin tomar en cuenta la preocupante desaceleración sufrida durante el primer trimestre de este año, expuesta ya en nuestro sitio la semana pasada, existen otros parámetros que reflejan la inquietante realidad por la que atraviesa el sector vitivinícola.
Tengo en mis manos la última edición de The Drinks Business, donde aparece un artículo escrito por Ben Grant, quien dedica seis páginas a los esfuerzos de las viñas chilenas por incrementar el valor de sus envíos en Reino Unido. El texto dice que Chile tiene mucho que celebrar, pero fundamentalmente en términos de volumen. El precio promedio por botella, pese a que ha ido subiendo tímidamente, lo ha hecho por debajo del mercado. Según cifras de Nielsen, en 2003 fue de € 3.71 contra € 3.64 de Reino Unido. En 2007, en cambio, Chile alcanzó € 3.81 contra € 4.01 de mercado. Es decir, en estos últimos cinco años el país ha perdido terreno en esta categoría. De acuerdo al mismo artículo, Chile se ha posicionado en Reino Unido con una oferta robusta y confiable, aunque últimamente con vinos no muy recordables a un excelente precio. Incluso algunos actores del mercado se preguntan si la estrategia correcta como industria es intentar revertir esta imagen, gastando dinero y energía para vender más caro, y no continuar como un actor fuerte en el populoso segmento de entrada. "¿Qué es lo que quiere Chile?", se pregunta Kate Collins, gerente de desarrollo de la categoría vinos de Brand Phoenix. "Pienso que lo hace mejor en el segmento base. Chile no es Nueva Zelanda. Es un productor de buenos vinos para un consumidor promedio", agrega la ejecutiva, advirtiendo la posibilidad de que el país quede sin pan ni pedazo si eleva sus precios y sale de la categoría de las promociones. Lo cierto es que Chile no sólo le ha costado elevar el precio de su mix de productos en sus principales mercados, sino que además sufre una creciente pérdida de competitividad. El ya ultra comentado bajo tipo de cambio, sumado a los aumentos del precio de las tierra, mano de obra y energía, han mermado los resultados operacionales de las viñas. Son muy pocas las empresas con números azules, mientras las que han logrado sortear estas turbulencias lo han hecho principalmente gracias a su peso específico en el mercado. Según el citado artículo, Concha y Toro, por ejemplo, creció en un 128% (91% en valor) en el mercado off trade británico durante el año pasado, mostrándose muy agresivo en el juego de las promociones. Esta situación se vuelve aún más preocupante si nos asomamos al otro lado de la cordillera, donde los costos de producir un vino premium pueden ser hasta un 50% más bajos que en Chile. Argentina ya no es un gigante dormido. De la mano de los puntajes de sus súper Malbec en las principales revistas especializadas, sus exportaciones alcanzaron durante 2007 US$ 665 millones, proyectando llegar a los US$ 2.000 millones en 2020. Con un agresivo plan promocional, donde se exaltan atributos como los mesoclimas cordilleranos y el tremendo potencial para una viticultura orgánica (¿les parecen atributos familiares?), sus vinos podrían transformarse en la nueva vedette de los mercados internacionales, tal cual ocurrió con los chilenos durante la década del noventa. No por nada ya son ocho las viñas chilenas con operaciones en Mendoza (Concha y Toro, San Pedro, Santa Rita, Tarapacá, Montes, Santa Carolina, Córpora y Renacer), y muy pronto se agregarán los proyectos de Viu Manent (un Malbec con uvas trasandinas) y otro liderado por Cristóbal Undurraga. Vuelvo a estudiar mi espermiograma y me convenzo que no hay otra opción. A diferencia de lo que opina Kate Collins, estoy seguro que el único camino es concentrarse en la calidad. Chile tiene que sincerarse y emprender una completa reingeniería, enfocándose en aquellos proyectos que realmente sean rentables (sin defectos de cabeza). No puede competir en volumen, entrando y saliendo del sanguinario juego de las promociones, sino empujar aquellos actores que sean más capaces y fecundos. Ricos y diversos. Sanos y competitivos. Con una identidad clara y definida que les permita llegar a la meta y conquistar nuevos mercados y segmentos de precios con márgenes que aseguren descendencia. Fuente: www.chile.com |